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13 febrero 2010

LEY DE IGUALDAD: UN RABINO LE DA LA RAZON AL PAPA

Fuente: Aceprensa                                                                 Publicado:05-10-1020

El pasado 1 de febrero, Benedicto XVI pronunció un discurso ante los obispos de Inglaterra y Gales en el que defendió “la libertad de las comunidades religiosas para actuar en conformidad con sus creencias”. Las palabras del Papa venían a cuento de una enmienda a la ley de igualdad que se estaba debatiendo esos días en el Parlamento británico.

En concreto, la enmienda iba dirigida a clarificar mejor lo que establece la ley vigente: que los grupos religiosos pueden negarse a que alguien abiertamente contrario a su doctrina acceda a un “cargo religioso” (sacerdote, rabino, imán…), pero no a un “puesto secular” (contable, oficinista, educador…)

Al día siguiente, Harriet Harman, ministra de Igualdad, aclaró que el gobierno no iba a seguir adelante con esa enmienda. Aunque Harman no hizo referencia al discurso del Papa, The Times (2-02-2010) dio por hecho que la retirada de la enmienda responde al deseo de los laboristas de evitar la confrontación con Roma ante el próximo viaje de Benedicto XVI al Reino Unido, previsto para septiembre.

Pese a la diplomática reacción del gobierno, no han faltado grupos radicales que se han opuesto a la visita del Papa. La Sociedad Secular Nacional ha iniciado una campaña de recogida de firmas contra Benedicto XVI. Entre otras cosas, le reprochan que quiera seguir manteniendo para la Iglesia el “privilegio” de negarse a emplear en puestos administrativos a los homosexuales y transexuales.
La ideología de los derechos
Así las cosas, Jonathan Sacks, rabino jefe de la United Hebrew Congrations of the Commonwealth, ha salido en defensa del Papa en una columna publicada en The Times (3-02-2010). Al igual que han hecho estos días otros líderes religiosos del Reino Unido, Sacks suscribe sin titubeos la advertencia de Benedicto XVI de que la igualdad no puede ir contra la libertad religiosa.
Para Sacks, existe el riesgo de que “los derechos se conviertan, antes que en una defensa de la dignidad humana –siendo ése es su ámbito propio–, en una ideología política que se lleva por delante todo lo que encuentra a su paso. Esto está pasando cada vez más en Gran Bretaña. Y por eso, estemos o no de acuerdo con el Papa, debemos tomarnos en serio sus reproches contra la ley de igualdad”.
Sacks está convencido de que, en una sociedad democrática, las creencias religiosas no tienen por qué gozar de un estatus privilegiado. “Las religiones han de tener influencia, no poder. Nadie debería aspirar a imponer sus convicciones religiosas a golpe de ley. En una sociedad libre, la voz religiosa debería persuadir, no obligar”.
Curiosamente, esta visión de las relaciones entre religión y libertad –así como el entero edificio de los derechos humanos– descansa sobre una proposición religiosa: que todos, con independencia de nuestro color, credo o cultura, somos imagen de Dios. Esta es, según Sacks, la visión que arraigó en la mente de los primeros pensadores que formularon la doctrina de los derechos humanos en el siglo XVII.
“Por esta razón, utilizar la ideología de los derechos humanos para atacar a la religión supone minar el fundamento mismo de los derechos. Cuando prohibimos a un empleado cristiano llevar la cruz en un aeropuerto; cuando despedimos a un enfermero por recomendar a un paciente que rece; cuando forzamos a las agencias de adopción católicas a que entreguen a un niño en adopción a las parejas del mismo sexo; o cuando decimos que los criterios de admisión de un colegio judío son racistas (no en las intenciones, pero sí en los resultados), estamos entrando en un terreno muy peligroso”.
Todos esos ejemplos que cita Sacks son casos reales que se han dado en Gran Bretaña durante los últimos años. Eso explica el apoyo de los líderes religiosos al Papa: saben que no es una polémica gratuita, sino un debate clave para la libertad religiosa.
“Cuando los cristianos, los judíos o cualesquiera otros [creyentes] –concluye Sacks– sienten que la ideología de los derechos humanos está amenazando sus libertades de asociación y práctica religiosa, se enciende una tensión que no es saludable para la sociedad, ni para la libertad, ni para Gran Bretaña”.
“En vez de tachar de injustificada la intervención del Papa, deberíamos abrir un debate honesto sobre la línea que separa nuestra libertad como individuos y nuestra libertad como miembros de una comunidad religiosa. Nadie debería verse obligado a elegir una, a costa de la otra”.

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